Imagina que Los juegos del hambre y El juego del calamar (Squid Game) se citan en un Japón del siglo XIX, se toman un sake juntos y deciden resolver sus traumas a base de duelos de katanas coreografiados al milímetro. Esa es más o menos la energía de Last Samurai Standing, la nueva serie de Netflix que convierte el ocaso de la era samurái en un battle royale salvaje, elegante y peligrosamente adictivo.
No es solo un juego mortal: es la autopsia de un país que se moderniza a cañonazos mientras manda a sus antiguos guerreros a matarse entre sí por diversión de las élites. Si quieres entender qué le pasa realmente a Shujiro, quién es Futaba, por qué todos quieren borrar a los samuráis del mapa y qué demonios significa ese final lleno de traiciones, sigue leyendo: vamos a destripar la temporada 1 y su explosivo desenlace.
Ambientada en los primeros años de la Restauración Meiji, la serie utiliza la estructura del battle royale para hablar de política, de clase, de memoria histórica y del hueco que queda cuando de repente se te prohíbe ser lo que eras. En vez de héroes invencibles, vemos a samuráis desplazados, traumados y usados como moneda de cambio por las nuevas élites económicas.
Y en el centro de todo: Shujiro Saga, alias Kokushu el Asesino de Hombres, y una chica que no debería estar allí, Futaba, obligados a cruzar un Japón que ya no reconoce a los suyos.
Spoiler alert: a partir de aquí destripamos el final de la temporada 1 de Last Samurai Standing. Lees bajo tu responsabilidad.
El origen de Kodoku: cuando el Estado decide que los samuráis sobran
La serie arranca en la Batalla de Toba-Fushimi, momento clave del guerra Boshin, el conflicto que puso fin al shogunato Tokugawa y, de paso, al propio sistema que sostenía a la clase samurái. Shujiro pelea del lado imperial, y sus habilidades decantan la batalla a favor de las nuevas fuerzas. Pero lo que viene después deja claro que algo en ese “nuevo Japón” ya ha nacido torcido.
El General Kawaji, futuro Superintendente General de Policía, ordena un bombardeo indiscriminado sobre el campo de batalla. Caen soldados enemigos, pero también aliados. Para Kawaji, da igual: lo importante es limpiar el tablero de samuráis, a los que ve como una casta obsoleta, sedienta de poder y peligrosa en tiempos de modernización.
Esa lógica se extiende al resto de su proyecto. Años después:
- Kawaji dirige la nueva policía militarizada de Japón.
- Se inspira en modelos occidentales, pero con un giro inquietante:
- más armas,
- más control,
- más vigilancia.
- El ideal de “orden” se convierte en excusa para sustituir un viejo poder (los samuráis) por otro nuevo (un Estado policial).
En paralelo, los grandes clanes económicos –los zaibatsu Mitsui, Sumitomo, Mitsubishi y Yasuda– financian en la sombra la operación. A cambio, se les permite importar armas británicas y hacer negocio con la transformación del país. El resultado: política, dinero y violencia se dan la mano en un experimento siniestro disfrazado de espectáculo. Ese experimento tiene nombre: Kodoku.
Kodoku: el juego en el que los samuráis son insectos en un tarro
El término “Kodoku” viene de un antiguo ritual japonés de venenos: se meten insectos en un recipiente cerrado hasta que se maten entre ellos; el superviviente se convierte en un tóxico especialmente potente, capaz de maldecir. La serie usa esta metáfora al pie de la letra.
- 292 participantes, casi todos samuráis arruinados o marginados.
- Un recorrido de Kioto a Tokio, atravesando siete puestos de control.
- Cada jugador recibe una tablilla de madera; para cruzar ciertos puntos hacen falta varias tablillas, lo que obliga a robarlas… o matar por ellas.
- El premio: 100.000 yenes (una fortuna en la época), dinero suficiente para salvar familias, aldeas enteras… o para hacer que la gente ignore que algo huele muy mal.
La brutalidad del juego se revela desde el primer momento: quienes intentan huir nada más empezar son ametrallados por la propia policía que escolta el torneo. Escapar no es una opción. El mensaje de Kawaji y los zaibatsu es claro:
“No importa quién gane; lo importante es que casi todos mueran”.
Kodoku convierte a los antiguos guerreros del país en entretenimiento para ricos y chatarra desechable para el Estado. Su código de honor ya no sirve; la espada, que antes protegía al señor feudal, ahora entra en un espacio donde matar es un requisito burocrático más.
Shujiro y Futaba: sobrevivir para salvar a los que no pueden luchar

Cuando el juego empieza, Shujiro ya no es el asesino legendario de antaño. Una década después de la guerra, vive retirado en el campo, cargando con un PTSD feroz y una culpa que le pesa más que su katana. La Restauración Meiji no le ha traído progreso, sino:
- La prohibición del porte de espada,
- la desaparición de su estatus,
- y la miseria de su entorno.
Su pueblo está devastado por una epidemia de cólera. Su hija, Rin, ya ha muerto. Su esposa, Shino, está al borde del abismo. No hay dinero para medicina. Desesperado, cuando Shujiro oye hablar de Kodoku y su suculento premio, decide jugárselo todo una última vez:
- Deja a su hijo Toya cuidando de Shino.
- Promete volver con dinero suficiente para salvar a su familia y a los aldeanos.
- Se obliga a volver al mundo de la espada que había jurado dejar atrás.
En el templo de Tenryuji, en Kioto, donde se reúnen los participantes, Shujiro deja claro que no quiere matar a nadie… hasta que ve cómo un grupo de hombres intenta aprovecharse de una presa fácil: Futaba Katsuki, una adolescente lanzada al juego para conseguir dinero con el que tratar a su madre enferma de cólera.
La relación entre Shujiro y Futaba es uno de los ejes emocionales de la serie:
- Él proyecta en ella a la hija que perdió.
- Ella ve en Shujiro a un protector que nunca ha tenido.
- Ambos participan en Kodoku no por gloria ni ambición, sino por un deber familiar desesperado.
La serie usa este vínculo para contraponer dos formas de samurái:
el guerrero que mata porque es lo único que sabe hacer, y el que solo vuelve a empuñar la espada para proteger a otros.
Kanjiya Bukotsu: el samurái que solo sabe vivir en la guerra

Si Shujiro encarna el trauma, Bukotsu “Savage Slasher” Kanjiya es la cara pura y sin filtro de la violencia. Antiguo rival de Shujiro, Kanjiya es un samurái que:
- Vivió su plenitud en el campo de batalla.
- Se derrumbó cuando el mundo dejó de necesitar sus habilidades.
- Encontró en Kodoku la excusa perfecta para volver a matar sin límites.
Su obsesión es forzar a Shujiro a que vuelva a ser el asesino de antaño. Quiere un duelo digno, una muerte gloriosa, una última danza en la sangre. En su camino:
- Mata a samuráis honorables como Ukyo Kikuomi, que se había apuntado para ayudar a sus súbditos.
- Obliga a combatir a la fuerza a otros personajes, como el arquero ainu Kamuykocha, asesinando civiles para provocar una reacción.
La rivalidad Shujiro–Bukotsu culmina en un duelo espectacular bajo los fuegos artificiales, perfectamente diseñado para recordarnos que la violencia, además de trágica, puede ser terriblemente bella en pantalla. Al final, Shujiro mata a Bukotsu, cumpliendo el deseo del rival de caer con honor… pero sin que eso le quite ni un gramo de culpa.
La victoria no se siente como un triunfo, sino como una repetición del trauma: otra vida que Shujiro se ve obligado a quitar para que alguien más pueda seguir respirando.
El pasado de Shujiro: la primera Kodoku que lo rompió todo

La serie guarda otro giro clave para la mitad de temporada: esta no es la primera vez que Shujiro participa en un “Kodoku”.
De joven, Shujiro fue uno de los ocho huérfanos entrenados en la escuela de esgrima Kyohachi-ryu, aislados en la montaña durante una década. Su maestro, obsesionado con la pureza de su técnica, decide que:
- Solo puede existir un heredero del estilo.
- El resto debe morir en un combate tipo battle royale.
- Nadie puede huir: si lo hacen, un ejecutor implacable llamado Gentosai los perseguirá hasta el fin del mundo.
Shujiro se niega a matar a sus hermanos de orden y huye, esperando que los demás lo sigan. Pero esa decisión, que él cree noble, tiene un coste brutal:
- Su hermana adoptiva, Iroha Kinugasa, y los otros discípulos acaban perseguidos por Gentosai.
- Muchos de ellos mueren.
- Iroha se ve obligada a vivir oculta, disfrazándose de plebeya, renunciando al uso de la espada.
Años después, Shujiro se reencuentra con Iroha, ahora también participante en Kodoku. Ella le guarda un rencor comprensible:
la libertad de Shujiro significó la condena del resto.
Aquí la serie plantea un tema potente:
¿hasta qué punto una decisión moralmente correcta puede ser catastrófica para los demás?
Shujiro se ve obligado a reconocer:
- Que su huida salvó su conciencia, pero condenó a su familia escogida.
- Que su pasado no es solo una herida personal, sino algo que sigue sangrando en otros.
Gentosai: el verdugo del pasado que no se quiere jubilar

Gentosai entra en escena como un samurái anciano, silencioso y letal, que sigue cumpliendo, casi religiosamente, la orden de su antiguo maestro de Kyohachi-ryu:
matar a cualquier discípulo que intente llevar la técnica al mundo exterior.
Para él:
- Los alumnos de Kyohachi no son personas, sino portadores de un secreto que no puede filtrarse.
- La lealtad al maestro y a la escuela está por encima de cualquier vida.
- La modernidad que barre a los samuráis no importa; su misión permanece intacta.
Durante la temporada, Gentosai va dejando un reguero de cadáveres de los ex alumnos. Pero cuando por fin se enfrenta a Iroha y a los hermanos que sobreviven (Sansuke, Adashino…), algo cambia:
- Los discípulos deciden dejar de huir y plantar cara juntos.
- El enemigo deja de ser solo “el verdugo de un maestro”, para convertirse en la metáfora de un pasado que se niega a desaparecer.
Al final de la temporada, Gentosai no muere, pero tampoco consigue cumplir su objetivo. Los Kyohachi-ryu aún respiran, y con ello la promesa de un ajuste de cuentas futuro.
Kyojin: el estratega que disfruta demasiado del juego

Si Kawaji representa el poder institucional y Gentosai el fanatismo del viejo orden, Kyojin Tsuge encarna algo más escurridizo:
el jugador que se cree por encima del tablero.
Al principio:
- Parece un aliado inteligente de Shujiro, Futaba e Iroha.
- Es un shinobi callejero, hábil, que propone investigar quién organiza Kodoku y cómo ocultan los cuerpos.
- Idea planes elaborados para poner a prueba los límites del sistema:
- encarcelar a un participante para ver si los organizadores se arriesgan a matarlo dentro de la prisión,
- seguir el rastro de los cadáveres,
- rastrear a los zaibatsu implicados.
Pero la máscara se resquebraja en el tramo final. Kyojin:
- Traiciona al grupo en su camino a Chiryu.
- Toma a Shinnosuke Sayama (un participante engañado) y se aparta.
- Filtra datos a Gentosai para que pueda localizar a Shujiro y sus hermanos.
Cuando Gentosai falla, Kyojin se burla:
“¿En serio? ¿No pudiste matarlos? Hasta te di su ubicación”.
Su motivación explícita, de momento, es tan simple como perturbadora:
quiere divertirse con Kodoku mientras siga dentro.
No está con Shujiro ni con Kawaji; está con el espectáculo. En una serie que habla de cómo los poderosos convierten la vida y la muerte en entretenimiento, Kyojin es el personaje incómodo que nos recuerda a otra figura: el espectador que disfruta del juego sin preguntarse quién paga el precio.
Kawaji desenmascarado… pero no derrotado
Gracias a las averiguaciones de Kyojin y los contactos de Shujiro, la conspiración detrás de Kodoku empieza a salir a la luz:
- Shujiro envía un mensaje a Hisoka Maejima, un político ligado al Ministerio del Interior de Lord Okubo.
- Okubo consigue documentos que prueban la colaboración clandestina entre la policía de Kawaji y los zaibatsu.
- Encarga a su asistente Shinpei descifrarlo todo para poder actuar.
Pero Kawaji juega en otro nivel, y va siempre un paso por delante:
- Se entera de la filtración.
- Ordena a su esbirro Mochizuki que asesine a Shinpei antes de que pueda informar a Okubo.
- En lugar de esconderse, redobla la apuesta.
En el clímax político de la temporada, Kawaji:
- Envía a Hanjiro “Sakura” Nakamura –antiguo camarada de Shujiro, ahora reconvertido en perro guardián del sistema– para asesinar al propio Lord Okubo.
- El ministro, una de las pocas voces que se oponía a transformar Japón en un Estado policial, cae antes de poder exponer la verdad.

El resultado del final de temporada es escalofriante:
- La conspiración ya no es solo un rumor: está confirmada, pero el hombre que podía frenarla está muerto.
- Los zaibatsu quedan libres para seguir jugando con Kodoku “en paz”.
- Kawaji consolida su posición como arquitecto de un Japón moderno en lo tecnológico, pero feudal en su reparto de poder.
¿Qué pasa con Shujiro y Futaba al final de la temporada?
Tras sobrevivir a traiciones, emboscadas y a la carnicería de Bukotsu, Shujiro, Futaba e Iroha llegan al final de la temporada 1 en una situación que mezcla esperanza y amenaza.
- Shujiro derrota definitivamente a Bukotsu
- El duelo no solo cierra la rivalidad personal; también corta el vínculo con un tipo de samurái que solo sabe vivir matando.
- Shujiro se reafirma como alguien que mata porque no tiene otra salida, no porque lo disfrute.
- Futaba sigue viva y a su lado
- La relación padre-hija adoptiva se solidifica.
- Ambos han pasado de ser “dos desgraciados que necesitan dinero” a ser piezas clave en una trama política mucho mayor.
- Iroha y los Kyohachi-ryu sobreviven a Gentosai
- Adashino y Sansuke llegan a tiempo para ayudarla.
- El grupo, al fin, deja de huir y se posiciona como futuro frente común.
- Llega un mensaje urgente de Maejima
- Okubo ha muerto; el equilibrio político se ha roto.
- Maejima reclama la presencia de Shujiro en Tokio, consciente de que lo que está en juego ya no es solo el destino de unos samuráis, sino “la integridad de los cimientos del Imperio Meiji”.
En una de las últimas escenas, Shujiro ve a Kawaji pasar en carruaje, poco después del asesinato del ministro. Entiende al instante:
- Kodoku no es un simple torneo:
es el mecanismo con el que Kawaji piensa eliminar a la antigua clase guerrera y cimentar un golpe de Estado lento. - Llegar vivo a Tokio ya no es solo cuestión de ganar el premio para salvar a Shino y al pueblo; es la única forma de impedir que el país entero quede bajo un régimen policial absoluto.
Shujiro le dice a Futaba que llegarán juntos a Tokio. La frase tiene doble filo:
- Promesa íntima: no la abandonará, pase lo que pase.
- Declaración de guerra: si el tablero es el país entero, seguirán luchando incluso cuando se acabe el juego.
Qué significa el giro de Kyojin y Gentosai para la temporada 2
El final de Last Samurai Standing deja plantadas varias bombas de relojería para una posible segunda temporada:
- Kyojin, de aliado incómodo a posible antagonista central
- Su traición demuestra que no comparte los objetivos de Shujiro.
- Al disfrutar de Kodoku como espectáculo, corre el riesgo de alinearse de facto con la lógica de Kawaji, aunque sus intereses personales sean distintos.
- Su conocimiento de los aspirantes, su capacidad de manipulación y su alianza táctica con Gentosai lo convierten en el comodín más peligroso del tablero.
- Gentosai, el pasado que aún no se ha cobrado su precio
- Sigue vivo, sigue en misión.
- La obsesión de los Kyohachi-ryu por matarlo indica que la próxima temporada podría profundizar en:
- su vínculo con el maestro,
- su fanatismo,
- y el papel que puede jugar en la guerra entre “viejo honor” y “nuevo orden policial”.
- Kodoku, cada vez más grande y más grotesco
- Kawaji y los zaibatsu han probado el sabor del espectáculo y quieren más.
- Con la ruta acercándose a Tokio, es lógico esperar:
- pruebas más brutales,
- reglas aún más inhumanas,
- y un uso todavía más descarado de la violencia como entretenimiento para las élites.
- La guerra íntima de Shujiro
- A nivel interno, Shujiro sigue atrapado entre dos promesas:
- salvar a su familia,
- y evitar que Japón caiga en manos de un Estado policial.
- Su pasado como Kyohachi-ryu, su culpa por Iroha, su amistad rota con Sakura y su vínculo con Futaba prometen conflictos devastadores si el camino a Tokio lo obliga a alzar la espada contra quienes alguna vez quiso.
- A nivel interno, Shujiro sigue atrapado entre dos promesas:
Conclusión: un battle royale con más en juego que la vida de sus participantes
Last Samurai Standing se vende como espectáculo de acción samurái… y cumple: duelos memorables, coreografías elegantes, sangre a raudales y una dirección de fotografía que convierte cada enfrentamiento en un cuadro. Pero lo que la hace realmente interesante –y lo que la hace perfecta para obsesionarse en cooltura.es– es todo lo que hay debajo:
- Una reflexión amarga sobre cómo los sistemas políticos reciclan la violencia en nombre del progreso.
- Una crítica clara a la conversión de vidas humanas en entretenimiento premium para los poderosos.
- Un retrato del fin de la era samurái que no se queda en la nostalgia, sino que muestra sus grietas, su crueldad y su incapacidad para adaptarse.
Al final de la temporada 1, Shujiro y Futaba siguen vivos, pero más cercados que nunca.
Kodoku continúa, Kawaji ha ganado tiempo, los zaibatsu controlan el tablero y los viejos fantasmas –Gentosai, Kyohachi-ryu, la culpa de Shujiro– están lejos de desaparecer.
Si Netflix renueva Last Samurai Standing, la segunda temporada tiene todos los ingredientes para ser algo más que “otra serie de samuráis”: puede convertirse en una gran tragedia política disfrazada de battle royale, donde cada duelo diga algo sobre el precio de modernizar un país a golpe de cañón.
Hasta entonces, solo nos queda hacer lo mismo que hacen los personajes:
esperar la próxima jugada… y preguntarnos quién queda en pie cuando se apaguen los fuegos artificiales.





